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Persona

Fotos: Alfredo Millan

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Abordar el análisis de «Persona», la emblemática película de 1966 dirigida con maestría por el célebre cineasta, director teatral y guionista Ingmar Bergman, supone un desafío notable. En esta tarea, no solo nos hallamos ante la imperiosa exigencia de reconocer la trascendental influencia del laureado autor sueco, sino que también estamos obligados a desentrañar el intricado tejido dramático que el director teatral Gutemberg Brito ha puesto en funcionamiento. Su enfoque metodológico riguroso y detallado intensifica aún más el nivel de dificultad inherente a nuestra labor periodística.

Foto: Alfredo Millan

Sin embargo, nos proponemos explorar inicialmente la tríada estructural de «Persona», la película. A pesar de las múltiples afirmaciones que niegan la existencia de una estructura convencional, sostengo que siempre hay una latente, incluso en el caso de aquellos directores pioneros en el cine de culto. Veámoslo en tres actos: el primero está definido por la proyección de las imágenes iniciales que, para la adaptación teatral de Gutemberg Brito, es crucial. A continuación, el detonante es la aparición de Alma (la enfermera), asignada a cuidar a Elisabet Vogler (una renombrada intérprete), mostrando una actitud indiferente o adaptable ante el complicado panorama médico de la célebre actriz, que pasa por una verdad revelada, a través del discurso preciso y directo de la doctora.

El segundo acto comienza con la llegada a la casa de playa, donde la relación entre ambas mujeres florece hasta alcanzar un nivel de confianza excepcional, hasta que irrumpe el punto medio: la lectura de la carta, la visita del esposo, y, el arrebato violento de Alma. Un comienzo idílico que culmina casi trágicamente en el clímax de este segundo acto, donde la línea que separa a las dos mujeres se vuelve borrosa, evocando un estado onírico plagado de enfrentamientos intensos.

Foto: Alfredo Millan

Finalmente, el tercer acto se precipita con la huida de Alma, quien se apresura a recoger y guardar sus pertenencias. En este punto, la incertidumbre y el misterio desdibujan las fronteras de la realidad, dejándonos con más preguntas que respuestas. Existen numerosos elementos a considerar en este magnífico filme, desde la multitud de simbolismos que contiene hasta la impecable fotografía de Sven Nykvist, sin olvidar las brillantes interpretaciones.

En la adaptación teatral de Gutemberg Brito, se nos presenta una pregunta fundamental, la cual busca resolver de forma escénica: ¿Cuál es la relación entre el silencio de Elisabet Vogler y la presencia de su hijo?La icónica imagen del célebre director sueco, que nos muestra a un niño despertando de un sueño mortal para tocar la pantalla con su mano, se convierte en el eje temático de una película y de la puesta escénica que gira en torno al silencio de una mujer. Estamos, finalmente, ante una reflexión profunda, una tormenta interna en la protagonista que la impulsa a guardar silencio, sin embargo, cuando ella opta por el silencio, su cuerpo también reacciona, planteando otra cuestión: ¿Cómo responde su cuerpo a este silencio? En la versión de Gutemberg Brito, el acto de callar está intrínsecamente ligado al hijo: ¿Qué papel desempeña la madre con respecto a su hijo? ¿Qué sucede durante ese sueño? ¿Cómo lo cuida? ¿Cómo lo acaricia? ¿Qué acción tomó finalmente con él?

Foto: Alfredo Millan

“Persona” de Gutemberg Brito, rinde tributo al cineasta y al dramaturgo, y a ese niño interior que todos llevamos dentro, poniéndolo en el centro de la escena. Ante la interrogante sobre la relación entre Elisabet Vogler, personaje que opta por el silencio, y ese niño, la respuesta se vuelve compleja. ¿Por qué aquella actriz, famosa durante su magistral interpretación de Electra, decide refugiarse en el silencio? Este misterio se encuentra inevitablemente entrelazado con la figura de Bergman. Su infancia, marcada por la ausencia de ternura, estuvo lejos de ser idílica. Bergman, hijo de un pastor y criado bajo una rígida disciplina, experimentó una relación materno-filial carente de calidez y afecto. En este sentido, el vínculo entre el personaje y el niño puede ser un reflejo de la propia experiencia de Bergman, un eco de las resonancias de su infancia que todavía perduran.

Así pues, el mutismo de Elisabet Vogler podría interpretarse como una respuesta a un pasado lleno de pesar, un resquicio de la infancia de Bergman que se desvela a través de su obra. La introspección a la que Bergman nos incita a emprender gira alrededor del silencio, un silencio turbador y desafiante. Bergman pone de manifiesto, además, la limitación inherente del cine en comparación con el teatro: en el cine, se pierde la posibilidad de un contacto palpable que es intrínseco al teatro. Bergman, un virtuoso en la construcción de complejidades cinematográficas, tenía una aguda conciencia del lenguaje escénico. No obstante, para Gutemberg Brito, el silencio no fue, precisamente, un manantial de inspiración.

Brito, realizó investigaciones profundas, descubriendo aspectos fascinantes acerca de lo erótico, como la metáfora de las capas. Para el autor, lo erótico se manifiesta al ir desvelando las diferentes capas, seguido de las transparencias, concepto que se vincula con el voyeurismo (representado en este caso por los plásticos). Estas transparencias conforman un marco que rompe barreras y nos permite vislumbrar lo que hay al otro lado, evocando a esa pantalla que nos transporta a otros mundos.

La propuesta escénica de Brito constituye una invitación a apreciar el teatro en su totalidad, a absorber cada detalle de su interior, sin omitir ninguna faceta, en la misma línea que Bergman lo hacía en su producción cinematográfica. Aunque Bergman puede considerarse tan solo un puente en esta obra, puesto que muchas de las premisas se originan en la maestría recién adquirida por el autor en dirección escénica, desarrollando así una habilidad y destreza aún más agudas.

Desde la perspectiva de Brito, la obra de Bergman se caracterizaba por su intensa carga erótica; y fue precisamente este aspecto el que facilitó su profunda conexión con el trabajo del autor. Brito opta por el uso de telas que, si bien permiten una cierta transparencia visual, no desaparecen por completo, generando así un escenario de intrigante profundidad. Este conjunto se halla en estrecha relación con el contraste de luces y sombras, y con la evocación de un marco que sugiere la sensación de estar mirando a través de una pantalla. Se trata de esos componentes en una obra escénica que encapsulan un «todo», y, no temamos en decirlo, reflejan el universo de Bergman.

Es crucial destacar las notables habilidades histriónicas, del joven actor, pero especialmente de nuestras actrices protagonistas. Artistas, potentes y de gran calado, aportan una complejidad notable a su trabajo. Por un lado, tenemos a Adriana Butoi, cuyo trabajo corporal robusto e impresionante se nutre tanto de su intelectualidad como de su creatividad. Su actuación se convierte en un estímulo creativo que da vida a una obra de arte. Por otro lado, Pilar Cuoto destaca por su fervor, su dramatismo y una gran conciencia corporal. Ambas demuestran un dominio excepcional de su oficio, convirtiendo la actuación en un evento trascendental.

Un elemento de importancia fundamental a ponderar es la composición musical original, percibida como una gracia divina. David Olguín, director y dramaturgo, establece una conexión con las Escuelas de Música, de ésta forma, Brito destaca la relevancia de un ambiente enriquecido por individuos de vasta cultura y perspectiva visionaria. Es esencial que las entidades educativas fomenten la interacción y el intercambio de conocimientos.

Además, se destaca un trío de cuerdas conformado por violín, violonchelo y viola, así como la presencia de dos intérpretes de ópera, un contratenor y una soprano, y un percusionista. Todos ellos, incluyendo a Miguel Francisco Manríquez, el notable compositor, son egresados de la Escuela Superior de Música, del Conservatorio Nacional de Música y de la Facultad de Música-UNAM. El teatro representa una amalgama de esfuerzos meticulosos, cada uno de los cuales constituye el cimiento esencial para que se manifieste la magia escénica. Es imperativo mantener una profesionalidad incuestionable y cultivar un diálogo constante para alcanzar un destino fructífero. Constituye una oportunidad extraordinaria y estimulante para los sentidos, enmarcada en tres dimensiones fundamentales: la musical, el cine de culto y las propuestas neocontemporáneas.

Foto: Alfredo Millan

«Persona»: Una Adaptación Inspirada en la Película de Ingmar Bergman. El autor y director, Gutemberg Brito, lleva a cabo esta obra bien estructurada. Presentada por Corazón Compañía Creativa, esta pieza lleva a los espectadores en un viaje audaz, cruzando la frontera del espacio donde la realidad y el sueño, lo consciente y lo inconsciente, se entrelazan inextricablemente. Los roles protagónicos están interpretados por Adriana Butoi (Performer), en el papel de Elisabet Vogler, Pilar Couto (Actriz), como Alma, y Natanael Ríos (Actor), en el papel del Hijo.

Créditos: Música original, compositor y percusiones: Miguel Francisco Manríquez Fernández. Soprano: Atziry Rivera. Contratenor y flauta de pico: Salvador Márquez Garay. Violín: Fabián Flores Muñoz. Viola: Samuel Morgan. Violonchelo: Luis Ángel Ballesteros Apodaca. Equipo creativo: Escenografía: Heidi Lamadrid. Iluminación: Paulina Montiel C. Diseño de vestuario y caracterización: Anabel Ortega. Maquillaje y peinado: Marie Muguiro. Fotografía: Gabriel Morales. Producción: Iván Mondragón. Asistente de producción: Ricardo Alexis Germán Ibarra. Asistente de producción: Laura González Ciceño. Asistente de dirección: Sandra Islas Rivera. Se presenta en el Centro Nacional de las Artes hasta el 14 de Mayo| Teatro Salvador Novo: Jueves y Viernes, 20:00 h| Sábado, 19:00 h| Domingo, 18:00 h|

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